Animal de competición

 

Diecisiete cuentos de uno de los jóvenes prosistas catalanes más convincentes

Tirez sur le pianiste (1960) de François Truffaut es una película en torno a la vida de un tímido. Un chaval, salido de la nada, que llega a ser un gran concertista de piano. La mala suerte -y el egoísmo- llevan a la muerte de su esposa. Termina tocando melodías frivolonas enun tugurio. Allí conoce a otra chica que, por su mala cabeza, cae acribillada a balazos. Tirez sur le pianiste es un drama y, como otras obras de Truffaut, un relato edípico, sobre los que parten en la vida con desventaja. Ya pesar de ello, está lleno de humor. Hay dos escenas muy significativas. En la primera, Charlie teclea al piano. El hermano llega herido pidiendo ayuda. La gente baila. Una chica le suelta a su bailador: "Qué pasa, ¿tanto le interesan mis pechos?". El tipo responde: "No se preocupe, soy médico". Cuarenta minutos después, los facinerosos acaban de raptar a un chaval. Uno de ellos le intenta convencer de que el pañuelo que lleva anudado al cuello no es de seda, sino de metal japonés. Le dice: "Te lo juro por mi madre, que se muera ahora mismo". Una señora con moño y delantal se desploma de pronto, fulminada. Con estos chistes, que a algunos les parecerán baratos, el narrador introduce una distancia. Es una manera de decir que toda obra de arte es una construcción y que, detrás de lo convencional de la puesta en escena, hay un hombre que ríe y que siente; un hombre que, en cualquier momento, se olvidará del pianista y de sus problemas con las mujeres, para salir a cenar con sus amigos o tomarse unas copas.

La força de la gravetat de Francesc Serés (Saidí, 1972) dibuja un recorrido en sentido contrario al de la película de Truffaut. Frente a la resignación abnegada de Charlie, la épica del trabajo, frente a la levedad y el humor, una gravedad de mármol. Por los cuentos de Serés desfilan camioneros, metalúrgicos, granjeros, vigilantes del puerto: duros fajadores del realismo social. Figuras marginales -indigentes, curanderos, drogadictos- descabalgadas del tren del progreso. Jóvenes en salvaje competencia, alentada por los padres, como los ciclistas de La cursa, que salen a la carretera todos los fines de semana a hacerse ver por los ojeadores de los equipos profesionales y escapar de la fábrica. Las emociones no están bien moduladas y nos encontramos con personajes unilaterales que no se ríen, que no aman, a los que nunca se les va la cabeza.

Serés domina el idioma como nadie y es capaz de forjar imágenes muy bellas (cuando describe los troncos calcinados en un incendio forestal como crías de ciervo o cuando sitúa el cadáver del pordiosero en un lecho de cañas, como si fuera un nido), pero aplica las estrategias narrativas con cierta rigidez. Al principio del libro hay cuatro o cinco relatos de corte muy similar (hasta Les banderes, la historia de un chaval que se cuela en una terminal de contenedores y del guardián que se desvive por salvarlo, que es, junto a Les claus, lo mejor del libro). En diferentes momentos tiende a adoptar un tono de introspección e intimidad que no siempre es el más adecuado. Puede resultar ilustrativo comparar la historia del pescador reciclado en una tienda de souvenirs del cuento El país con el mismo personaje de Olympia a mitjanit de Porcel. Mientras Porcel dibuja una figura esperpéntica, que se acomoda y saca partido de las circunstancias, Serés convierte al vendedor de ánforas y crema after sun en un héroe melancólico. Le falta vida. Cuando introduce otros sentimientos, con la historia del médico rural, de la mujer que vive en la azotea, o con la historia de amor entre el tipo sin pies y la chica que cayó en el tanque de la panificadora, no domina el registro y el relato patina.

Francesc Serés es uno de nuestros mejores autores y La força de la gravetat un buen libro. Pero después de encaramarse en los primeros lugares de estimación de críticos y lectores con la trilogía De fems i de marbres, llega el momento en que, además de agradar por la buena prosa y la novedad de sus referentes, el escritor tiene que ir a lo esencial, sacudirse la pose, intentar transmitir emociones profundas, lo que está reñido con cualquier forma de facilidad. Hace un par de años estuvimos juntos en Saidí, con Xavier Pla, y nos contó cómo un día de mucho calor, trabajando en el campo, casi tiene un disgusto con una colmena. Reconozco una sombra de esta historia en Les abelles, realzada con una violación y un accidente (las abejas convierten al pobre Tomàs en un monstruo). En su afán de mostrar la cara más dura de la existencia de los trabajadores manuales, Serés tiene tendencia a ponerlo todo chorreando sangre. Un poco más de contraste le aportaría humanidad.

 

 

Julià Guillamón

 

Cultura/s, La Vanguardia, dimecres 22 de març de 2006